Que siga la música

Por Alejo Aguilar G.

Hace pocos días se cumplió un aniversario de la muerte de cierta mujer muy exitosa. El 11 de febrero de 2012, Whitney Elizabeth Houston de 48 años de edad fue encontrada sin vida en la habitación de un hotel de Beverly Hills. Pese a los esfuerzos realizados por los paramédicos, el corazón de esta famosa cantante, debilitado por los efectos de varios años de excesos y adicciones, no pudo ser reanimado.

Considerada por algunos como una de las artistas más galardonada de todos los tiempos y una de las cantantes con mayor número de discos vendidos en el mundo, es de llamar la atención que el primer público que disfrutó de su talento fuera la membresía de una iglesia Bautista de Nueva Jersey, siendo ella una niña.

En 1989, ya en pleno ascenso en su carrera, Houston creó una fundación para ayudar a niños sin hogar y enfermos de cáncer, pero seguramente muchos la recuerdan más por ser la intérprete del éxito musical del año 1992: “I Will Always Love You” (“Siempre te amaré”).

Pero no todo lo que se recuerda de ella fue siempre tan positivo. Sus estadías en centros de rehabilitación a causa del consumo de drogas y sus varios escándalos y problemas familiares son ejemplo de ello. Algo que, sin embargo, no le hizo olvidar el canto “Jesus Loves Me” (“Cristo me ama”), el cual interpretó en público, justo dos días antes de su muerte.

Interpretándolo con el talento que siempre la caracterizó, su gusto por el género góspel es fácil de verificar mediante una búsqueda en la red. Pero, ¿fue esto lo que le llevó a alcanzar la fama? No lo creo. De hecho, difícilmente habría ocupado el sitio al que llegó en el mundo de la música siendo parte de las filas del coro de una iglesia. Por lo que también resulta lógico pensar que, en algún momento de su carrera artística, la expresión de los valores que aprendió en su niñez se vio limitada a la interpretación de algunos cantos que, precisamente, aprendió en dicha etapa de su vida.

En lo personal, me gusta comparar la vida a una pieza musical. Las notas que la componen pueden ser variadas, así como su ritmo. Pero sea que consideremos que tenemos poco o mucho talento, hay algo que no podemos evitar, y esto es: ocultar la “música” que se desprende de nuestra vida y sus acciones. De ahí que, como en una pieza musical o en una canción, nuestros valores debieran no solo “afinar” la música que reproducimos, sino también caracterizar nuestra ejecución magistral de este “instrumento” que llamamos vida.

Ignoro en qué medida las acciones y los valores que Houston aprendió siendo niña fueron de la mano al llegar a la fama. Pero, sin ser quien para juzgar su vida, me aventuro a decir que hay muchas probabilidades de que la “canción” de su vida hubiera tenido otro final.

Siendo que los valores han de contribuir a que la “música” de nuestra vida suene cada vez mejor, que suene de manera bella, pero también correcta, persistamos en actuar en congruencia con ellos e intentemos, así, que otros lleguen a apreciar una interpretación semejante. Efectivamente, ¡así son los valores!

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